En la cercanía está aquello que acostumbramos llamar cosas

Desarrollado para la sección Proyectos (ARTBO 2014). El uso estético del objeto. Curaduría de José Roca.

Near To Us Are What We Usually Call Things, 2014.

Based on my personal interest on both architectural heritage and historic influence of modern architecture in Bogotá, I developed a set of pieces inspired by different building façades found in the city. Different spatial configurations are intended to juxtapose the notions of an interior and an exterior space.

Sin embargo, es precisamente esta sensación de que existe un abismo entre el pasado y el presente lo que yo deseo cuestionar. La geografía de la ciudad moderna, al igual que la tecnología moderna, trae al primer plano problemas profundamente enraizados en la civilización occidental al concebir espacios para el cuerpo humano en los que los cuerpos son conscientes unos de otros. La pantalla del ordenador y las islas de la periferia son consecuencias espaciales de problemas no resueltos con anterioridad en las calles y en las plazas de las ciudades, en las iglesias y en los ayuntamientos, en las casas y en los patios que albergan a la gente reunida. 1
Richard Sennet

Mi primer impulso al conocer el trabajo más reciente de Nicolás Consuegra —En la cercanía está aquello que acostumbramos llamar cosas (2014)— fue alzar la mirada para buscar cuál de los edificios que había alrededor mío tenía una fachada semejante a los tipos trazados en cada módulo de su proyecto. Estaba en el centro de Bogotá, en el sector de San Diego, así que la búsqueda no fue infructuosa: muchos de los edificios cercanos al Centro Internacional se parecían. Este juego se enuncia en la propia obra de alguna manera, probablemente por la ausencia de elementos adicionales a los módulos que por su semblante de fachadas reclaman la contraparte de su espacio circundante: un espacio interior, una vida interior, la fundación de un lugar.

¿Alguno de los edificios que me circundaban fue el modelo de su obra? La respuesta, aunque ligeramente incómoda fue clara: Todos. Ninguno.

Ahora estoy mirando una fotografía de Bogotá, tomada alrededor de 1963. Parece pertinente iniciar este texto sobre En la cercanía está aquello que acostumbramos llamar cosas, comentando brevemente esta imagen, que permite rememorar algunos trabajos precedentes de Consuegra, especialmente los realizados dentro del proyecto Pasado tiempo futuro (2010), en los que la imagen fotográfica se convierte en una nebulosa donde el futuro se manifiesta como ruina y el pasado como proyecto.

La fotografía que tengo entre manos captura la carrera décima vista desde la calle 14 hacia el norte. En esta imagen, la avenida no se parece en nada al río de gente, ruido, polvo y polución de la décima que recuerdo. Hay un separador arborizado que divide la avenida en dos. La vista en picado sobre la calle hace ver las personas como figuritas vestidas de sastre y corbata (porque de hecho hay pocas mujeres en la imagen), miniaturas en medio de los grandes edificios que se erigen a lado y lado de la avenida. De no ser por el caos de los buses adelantándose unos a otros sobre la vía, los avisos publicitarios de aseguradoras, bancos y bebidas (incluyendo el del empalagoso Cinzano), y especialmente las pequeñas casas con teja de barro que aún sobreviven entre los edificios, podría pensarse que se trata de una maqueta y no de una ciudad real. Los edificios, prácticamente recién construidos, parecen el origen y la razón de ser de la avenida. No la gente. Como si hubieran construido la décima para que los edificios se miren las fachadas entre sí, eternamente, como gigantes vanidosos con sus caras de piedra tersa y clara.

Si esto hubiera sido así el resultado no habría sido sustancialmente distinto. Probablemente la razón de que nos quedemos absortos al mirar el panorama desde los ventanales del piso más alto de un edificio sea que de este modo pasemos, aunque fugazmente, a ser el edificio que mira en lugar de la miniatura insignificante que acaba de inclinarse, de forma no muy armoniosa, para atar sus zapatos. Pero lo que realmente importa aquí es el origen de nuestra secreta envidia de los edificios.

“El hombre actúa como si fuese el formador y el maestro del lenguaje cuando, de hecho, el lenguaje persiste como maestro del hombre”. 2

Ante En la cercanía está aquello que acostumbramos llamar cosas no tenemos el privilegiado punto de vista del arquitecto, es decir, del gigante que observa con entusiasmo y ambición la maqueta del proyecto a realizar; gigante porque ejerce su poder sobre el proyecto a través de su mirada: es así porque domina, o piensa que domina el lenguaje. No en vano se dice que las primeras maquetas fueron realizadas en el contexto de la estrategia y la táctica militar. Tampoco nos encontramos nuevamente en el lugar de la figurilla de acción que se acerca a los mostradores, entrega su documento de identidad, sube y baja en los ascensores, completa las diligencias pendientes y se toma incontables tazas de café, kumis y emparedados de cordero al mes, para luego regresar a los barrios residenciales, a los minúsculos apartamentos organizados en idénticas torres, o a las sobrevivientes casas demodé con sus mustios muros sitiados por la humedad.

Así que nuestra experiencia de la ciudad entra en crisis. La escala que Consuegra utiliza en esta obra nos pone, puede decirse, “cara a cara”, o más bien, “cuerpo a cuerpo” con estas fachadas de la nada. Las acerca, en la forma de miniaturas extrañas que no prometen la sensación de poder que los juguetes nos ofrecen. En cambio, nos dejan ante el límite (“aquello de donde algo comienza su presencia” 3) del vacío. A su vez, nos devuelven, aunque sea como un sonido arcano, la voz del lenguaje enmudecido de la ciudad moderna. Presentes como una sola faz, estas fachadas se erigen como signos sueltos, fragmentos de un proyecto abandonado; promesas rotas del siglo XX, cuyas ruinas diseminadas aún dominan las calles de muchas ciudades.

Sylvia Suárez


Notas

1. Sennet, Richard. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Alianza Ed., Madrid, 1997, p. 23.
2. Heidegger, Martin. En Building Dwelling Thinking, publicada en Poetry, Language, Thought (1971), p. 141.
3. Martin Heidegger expone esta definición de límite en este texto. Op. cit., p. 152.